Pensamientos

Parrampín, parrampín, parrampía

Antes de la pandemia, de las mascarillas, del confinamiento juro que tenía pensado contarte parte de lo que te voy a decir ahora.

Como sabes, iba en coche a trabajar, y como sabes, pasaba por Conde de Casal. Pues bien, aquí coincidí un par de mañanas con un camión de lavandería hospitalaria. Y no podía evitar acordarme de mi abuela Julia.

Cuando era pequeña, a veces visitaba a mi abuela en el Hospital La Paz.

Veamos cómo coloco mis recuerdos, porque son recuerdos de niña y seguramente no sepa explicarme bien.

Entrábamos por Urgencias (había como un miniescalextric y nosotros entrábamos por la parte de abajo). Íbamos escaleras abajo, donde acaban las consultas y empiezan las dependencias y allí, al fondo a la izquierda, había una sala donde estaban mi abuela y sus compañeras. Rodeadas de blancas en perchas y de cubos gigantes llenos de vendas liadas. Las batas de los médicos impolutas, con los nombres bordados. Había sábanas (sábanas que toda la vida me han resultado familiares porque cuando acabañan hechas jirones, se iban a casa de mi abuela y de mis tías y mi madre para limpiar cristales.

Recuerdo el olor. El olor al entrar allí. Recuerdo cuando venían a saludarme las compañeras de mi orgullosa abuela. El “es igual que Anamari” o el “ya es toda una mujercita”.

Mi abuela tenía mucho carácter. Era poco mimosa y daba los besos con tremendo ímpetu. Hacía un café delicioso y el cocido madrileño, con los rellenos, me encantaba. Y la ensaladilla rusa de las Nochebuenas.

Le encantaban las pulseras, collares, pendientes.

Discutía mucho con mi abuelo. Pero también vi gestos cariñosos con él: andar de la mano por la calle, darle besos porque sí. Con estos ojitos lo he visto.

Y también la he visto llorar.

Cuando mi abuelo falleció, nada fue igual. Se hacía raro ir a su casa. Insistió en ir a una residencia y cuando al fin encontró una que le fue bien, estuvo muy bien al principio.

El/la Covid entró en la vida de todos y tuvo la mala suerte de pillarle muy mayor.

No quiero contarte la última semana angustiosa que pasamos. Esto me lo quedo para mí (y para los que lo vivieron conmigo).

Me quedo con los olores, las comidas, con que fue ella quien me enseñó a planchar las camisas, que a veces confundíamos a la gente que pensaba que era mi madre, pero sobre todo me quedo con un villancico que cantábamos todos en ese salón abarrotado de familia (y al que me refiero en el título de este post).

Hoy hace un año que falleció mi abuela Julia.

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