cumpleaños, Diego, Pensamientos

Un treinta y ocho

Diego ha cumplido 10 años. ¡DIEZ!

Créeme que intenté contarte esto ayer, pero me fue imposible. Un poco como homenaje al cumpleañero, escribir esto en su día, pero no encontré el rato.

Tampoco hicimos nada especial: fue un día rutinario, con su cole, su fútbol, su examen de mates y sus deberes. Pero, como todos los 6 de febrero, despertó al son de “cumpleaños feliz” y vivió su día como protagonista absoluto.

Por la noche, bizcocho sin huevo y soplar velas.

El pasado miércoles, volviendo del logopeda, le pregunté cuál era su balance de sus primeros 10 años y me contó que estaba bien: le habían puesto en un equipo preferente, nunca había suspendido, …

Y yo pensaba en todo lo que a Diego se le escapa en ese balance: desde sus primeros días, meses, años… ver esa pequeña evolución a lo que es ahora -y lo que aún le queda- en lo que a autonomía se refiere, y responsabilidad. Porque aunque a veces, como veinte diarias, me desespera que no recoja, no puedo evitar sentir adoración por este personajillo.

Ayer puse una foto que sacó su prima Inés con unas horas de vida: una foto de su pie. Con el texto “y de repente, calzas un 38”.

Y sí. De repente.

Te deseo un feliz fin de semana y te dejo la música que escucha Diego

anecdotario, papá, Pensamientos, Recuerdos

jornadas micológicas

Lo sé, lo sé. Al paso que voy haré un post anual. Ya no tengo excusa. Y eso que cuando voy en el coche o cuando me ducho o cuando a mi cabecita linda le da por pensar, siempre me acuerdo de mi muy maltratado blog. Pero es que a veces simplemente no apetece. No me malinterpretes; a veces por pura vagancia, otras porque sé que será doloroso. A veces cuesta abrirse.  Aunque la mayoría de las veces es la misma sensación que tienes cuando piensas en mandar un whatsapp a un amigo y nunca lo haces porque “cuando me acuerdo no puedo y cuando puedo no me acuerdo”.

Así que, sin prometerte nada, procuraré ir contándote cosas sabiendo que me dejo muchas, muchísimas en la maleta de los recuerdos.

En el post de hoy te voy a hablar de las setas, que para eso es otoño.

Antonio no ha parado de viajar y, como siempre que viaja, mis padres me echan una mano con los niños. En esta última ocasión Antonio viajó en sábado (odio que viaje, pero si además nos pilla en fin de semana…)

Mis padres vinieron a comer a casa y hablamos de nuestra próxima visita al pueblo donde tienen organizadas unas jornadas micológicas que duran todo el día.

Mi padre intentó disuadirme (aún no me he apuntado, pero sigo con intención de hacerlo) diciendo que si no entiendo de setas, que luego no las voy a comer y que bla, bla, bla.

El caso es que una cosa llevó a la otra y las historias pasaron por mi tío Manolo, que por lo visto le gustaban mucho y todos los años iba con un amigo suyo a buscar setas. Mi padre decía que no entendía cómo no acabaron envenenados porque mientras iban y venían se plimplaban lo que llevaran.

Con las risas fuimos animándonos y mi padre contó que un día -creo que el último que comió setas- le dijeron que estaban muy buenas con jamón y no sé qué más. El caso es que por la noche se hizo un plato de setas salteadas con pimiento, chorizo, jamón y… en fin, ligerito; y pasadas unas horas empezó a sentirse mal creyendo que había comido una seta envenenada. Fue al médico y allí el galeno debió de flipar cuando mi padre le explicó qué había cenado, así que le mandó para casa diciendo que tenía indigestión.

Me encantan estas anécdotas de sobremesa entre risas.

Feliz finde